El texto dramático surgió de las lecturas de dos libros escritos por el P. Ramón Cué, S.J., en los que relata sus vivencias cuando compró un Cristo roto a un anticuario de Sevilla, España.
Allí, el P. Cué regatea el precio de un Cristo de madera sumamente deteriorado, sin cruz, rotos los brazos, las piernas y el rostro, aunque evidenciaba valores artísticos e históricos; había sido profanado en la guerra civil española (1936-39). ¡Cuál sería la sorpresa del sacerdote al no poder restaurarlo, porque el Cristo lo evitaba! Prefería conservar su rostro maltratado como reflejo del padecimiento humano.