Diáconos permanentes, Discipulos Misioneros de Jesús Servidor ”

Por: Fernando Estévez Mantilla, Diácono Pnte.

Con motivo de la Ordenación de siete hermanos nuestros: Germán Luís Afanador D., Félix María Camacho M., Henry Ariel Castillo O., Hervin Eduardo Herrera E., Orlando Oliveros J., Martín Raúl Ortega G. y Luís Fernando Romero M., como Diáconos Permanentes para la Iglesia Particular de Bucaramanga, opto como título de este escrito el que encontramos en el Documento de Aparecida y que nos habla de una manea resumida del ser y quehacer del Diácono Permanente; Segunda Parte: “La Vida de Jesucristo en los Discípulos y Misioneros”.
El número 205 del Documento dice: “Algunos discípulos y misioneros del Señor son llamados a servir a la Iglesia como Diáconos Permanentes, fortalecidos, en su mayoría por la doble sacramentalidad del Matrimonio y del Orden…”

Cómo nos Ama Dios, y que gracia tan grande nos concede a los casados que nos llama a este ministerio. Por el sacramento del Matrimonio nos hace imagen y semejanza de Él como Uno y Trino: unidad en la pluralidad (familia diaconal: papá, mamá, hijos, pero una sola familia que encarna el amor de Dios); por el sacramento del Orden nos configura con Cristo: mediante la acción de una gracia especial del Espíritu Santo a fin de servir como instrumentos de su Hijo a favor de su Iglesia (recibimos la capacidad de actuar ante la comunidad como representantes de Cristo Sacerdote, Profeta y Rey, Cabeza de la Iglesia, en la triple diaconía de la Palabra, de la Liturgia y de la Caridad).
Sirviendo a los hombres y especialmente a los a los más necesitados se sirve a un solo Maestro, Cristo (1 Co 12,5; Mt.25, 42); ponerse al servicio del prójimo es volverse un verdadero discípulo de Cristo (Mc. 10, 43-45). Si el Diácono encarna a Cristo y con Él al Padre y al Espíritu Santo, el servicio se amplía hasta llegar a significar el don total de su vida a favor de los demás, según el ejemplo del mismo Cristo. San Pedro en la primera carta 4,10, nos dice: “todo don recibido debe ser puesto al servicio de los demás”, por eso el apostolado, el ser misioneros es una diaconía (Rm. 11,13; 2Co. 3,3). En sí, el Diácono es un Discípulo del Señor Jesús que es “Camino, Verdad y Vida” (Jn.14,6).

El Documento de Aparecida en el numeral 206, nos recuerda que “cada Diácono Permanente debe cultivar esmeradamente su inserción en el cuerpo diaconal, en fiel comunión con el Obispo y en estrecha unidad con los presbíteros y demás miembros del Pueblo de Dios…” El Nuevo Testamento da testimonio que el diaconado ministerial es transmitido por imposición de manos de los Apóstoles e incorporado a los ministerios pastorales que van perfilándose dentro de la sucesión apostólica, ubicándolo claramente con los Obispos y los Presbíteros como un ministerio distinto y complementario. El magisterio de la Iglesia es unánime para ubicar la institución de los Diáconos, en la elección de los siete, según lo describe Hch. 6,1-16. En las cartas paulinas, son saludados junto con los Obispos (Fil. 1,1-2); y se examinan las cualidades y las virtudes indispensables para que puedan ser dignos de su ministerio: “Los Diáconos deben ser dignos, sin dobles, no dados a beber mucho vino ni a negocios sucios; que guarden el Misterio de la fe con una conciencia pura. Primero se les someterá a prueba y después, si fuesen irreprensibles, serán diáconos… Los Diáconos serán casados una sola vez y gobiernen bien a sus hijos y su propia casa. Porque los que ejercen bien el diaconado alcanzan un puesto honroso y grande entereza en la fe de Cristo Jesús” (1 Tim. 3,8-13).

Para ello, los Obispos en la Quinta Conferencia en el numeral 207 del Documento recomiendan con mucha certeza: “Ellos deben recibir una adecuada formación humana, espiritual, doctrinal y pastoral con programas adecuados, que tengan en cuenta – en el caso de los que están casados - a la esposa y su familia. Su formación los habilitará a ejercer con fruto su ministerio en los campos de la evangelización, de la vida de las comunidades, de la liturgia y de la acción social, especialmente con los más necesitados, dando testimonio, así, de Cristo Servidor al lado de los enfermos, de los que sufren, de los migrantes y refugiados, de los excluidos y de las víctimas de la violencia y encarcelados”.

Para dar cumplimiento a esta disposición, los Aspirantes y Candidatos al diaconado permanente que pueden provenir de todos los ambientes sociales y ejercer cualquier actividad laboral o profesional a condición de que ésta, según normas de la Iglesia y del juicio prudente del Obispo, no desdiga del estado diaconal, deben realizar en el Instituto de Diaconado Permanente un proceso de formación mínimo de cuatro años:
En lo HUMANO, para que se vaya moldeando la personalidad de los futuros ministros, para que desde su vida y acción sirvan de puente a los demás en el encuentro con Cristo. El proceso de formación en lo humano los debe llevar a amar la verdad, ser leales, tener gran respeto por la persona, tener sentido de la justicia, fidelidad a la palabra dada, tener verdadera compasión, ser coherentes y en particular al equilibrio de juicio y comportamiento, de esta manera el Diácono sea hombre de comunión y de buena capacidad para relacionarse con los demás a ejemplo de su Maestro.
En lo ESPIRITUAL, para promover el desarrollo de la nueva vida recibida en el Bautismo, para que la obra del Espíritu vaya transformando misteriosamete la vida del candidato y lo vaya configurando progresivamente con Cristo Servidor. El Diácono y todo bautizado es otro Cristo por lo tanto como dice el Beato Antonio Chevrier, “debe ser un hombre que vive de Cristo, que está lleno del Espíritu de Cristo y que se deja guiar en todos los momentos de su vida por el Espíritu de Jesucristo. Para llegar a ser otro Cristo, el Diácono necesita conocer a Jesucristo: “¡Conocer a Jesucristo es todo!”. “El conocimiento produce necesariamente el amor”. Y ese amor es la fuerza que empuja al Diácono, en este caso, a su activad apostólica, ese es el amor pastoral, a ser verdaderos misioneros”. Sigue el Beato Chevrier: “Hay que leer el Evangelio, penetrarse de él, saberlo de memoria, estudiar cada palabra, cada acción, para comprender su sentido y hacerlo pasar a los propios pensamientos y a las propias acciones”. Y así sea Cristo quien actúe en la persona del Diácono.

El Diácono debe ser un hombre de oración. La oración le permite entrar en la Persona de Jesús, de intimidar con Él, de estar con Él, de ejercitar con Él el amor; la oración ilumina la vida del Diácono, lo hace luz como el maestro.
En lo DOCTRINAL, las Normas Básicas de la Formación de los Diáconos Permanentes N°79, nos dice: “Es una dimensión necesaria en la formación diaconal, en cuanto ofrece al Diácono un alimento substancioso para su vida espiritual y un precioso instrumento para su ministerio. Ella es particularmente urgente hoy ante el desafío de la nueva evangelización a la que está llamada la Iglesia en esta hora. La diferencia religiosa, la confusión de los valores, la perdida de convergencias éticas, el pluralismo cultural, la globalización, exigen que aquellos que están comprometidos en el ministerio ordenado posean una formación amplia y profunda”. La norma es clara y nos indica la importancia de la formación doctrinal la cual debe ser permanente y así el Diácono sea misionero idóneo, un buen servidor de la comunidad
La formación PASTORAL, tiene como fin el estudio de los principios, de los criterios y de los métodos que orientan la acción apostólica-misionera de la Iglesia en la historia. Se lleva a cabo como disciplina teológica específica y con una acción práctica en la parroquia o comunidad de cada Aspirante o Candidato:
*La praxis Litúrgica: Administración de los sacramentos y de lo sacramentales, el servicio del altar.
*La proclamación de la Palabra en los varios contextos del servicio ministerial: Kerigma, catequesis, preparación los sacramentos, homilía-
*El compromiso de la Iglesia por la justicia social y la caridad.
*La vida de la comunidad, en particular, la animación de agrupaciones familiares, pequeñas comunidades, grupos, movimientos, otros.
Además se ofrecen conocimientos técnicos, que preparen para las actividades ministeriales específicas: Psicología, Homilética, Canto Sagrado, Administración Eclesiástica y otros.

Con este proceso de formación y antes que el Candidato sea promovido al diaconado, es necesario que haya recibido y ejercido durante el tiempo conveniente los ministerios de Lector y de Acólito para prepararse mejor a las futuras funciones de la palabra y del altar.
Así, el Diácono, como lo espera la Quinta Conferencia en el número 208 del Documento, puedan llegar a dar un verdadero testimonio evangélico y tener y gran impulso misionero siendo apóstoles en su familia, en sus trabajos, en sus comunidades y en las nuevas fronteras de la Misión.
Felicitaciones para los siete nuevos Diáconos, para sus esposa, sus hijos y sus familias, que Dios los bendiga y les conceda la Fuerza del Espíritu de su Hijo, para que renovándose cada día, sigan e imiten a Jesús en su dinamismo y en su actuar.



fin